El Papa Francisco habla al mundo del trabajo

El Santo Padre contestó en Génova a cuatro preguntas que le fueron formuladas en la Planta Industrial Ilva por un empresario, una representante sindical, un trabajador y una desempleada.

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Opus Dei - El Papa Francisco habla al mundo del trabajo Foto: L´Osservatore Romano.

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El día 27, durante su visita a Génova, el Papa Francisco mantuvo un encuentro con trabajadores y representantes de la fábrica de acero ILVA, en el que respondió a cuatro preguntas.

1. Ferdinando Garré, Empresario del Sector de Reparaciones Navales

En nuestro trabajo tenemos que luchar contra muchos obstáculos −la excesiva burocracia, la lentitud de las decisiones públicas, la falta de servicios e infraestructuras adecuadas−, que a menudo no dejan salir las mejores energías de esta ciudad. Compartimos este esforzado camino con nuestro capellán y nos anima nuestro Arzobispo, el Cardenal Angelo Bagnasco. Nos dirigimos a Usted, Santidad, para pedirle una palabra de cercanía, una palabra que nos consuele y nos anime ante los obstáculos con los que cada día nos enfrentamos los empresarios.

¡Buenos días a todos! Es la primera vez que vengo a Génova, y estar tan cerca del puerto me recuerda de dónde salió mi padre…, y eso me produce una gran emoción. Gracias por vuestro recibimiento. Yo ya conocía las preguntas, y para responderlas he escrito algunas ideas; y también tengo la pluma en la mano para apuntar lo que me venga a la cabeza en el momento de responder. Pero estas preguntas sobre el mundo del trabajo he querido pensarlas bien para responder bien, porque hoy el trabajo está en riesgo. Es un mundo donde el trabajo no se considera con la dignidad que tiene y que da. Por eso responderé con lo que he pensado y con lo que se me ocurra en el momento.

Hago una premisa. La premisa es: el mundo del trabajo es una prioridad humana. Y, por tanto, es una prioridad cristiana, una prioridad nuestra, y también una prioridad del Papa

Hago una premisa. La premisa es: el mundo del trabajo es una prioridad humana. Y, por tanto, es una prioridad cristiana, una prioridad nuestra, y también una prioridad del Papa. Porque viene de aquel primer mandamiento que Dios dio a Adán: “Ve, haz crecer la tierra, trabaja la tierra, domínala”. Siempre ha habido una amistad entre la Iglesia y el trabajo, partiendo de Jesús trabajador. Donde hay un trabajador, ahí está el interés y la mirada de amor del Señor y de la Iglesia. Pienso que esto está claro.

«Es muy bonita esta pregunta que proviene de un empresario, de un ingeniero; de su modo de hablar de la empresa salen las típicas virtudes del empresario». Foto: L´Osservatore Romano.

Es muy bonita esta pregunta que proviene de un empresario, de un ingeniero; de su modo de hablar de la empresa salen las típicas virtudes del empresario. Y como esta pregunta la hace un empresario, hablaremos de ellos: la creatividad, el amor por la propia empresa, la pasión y el orgullo por la labor de las manos y de la inteligencia suya y de los trabajadores. El empresario es una figura fundamental de toda buena economía: no hay buena economía sin buen empresario. No hay buena economía sin buenos empresarios, sin vuestra capacidad de crear, crear trabajo, crear productos. En sus palabras se nota también el cariño por la ciudad −y se comprende−, por su economía, por la calidad de las personas de los trabajadores, y también por el ambiente, el mar…

El empresario es una figura fundamental de toda buena economía: no hay buena economía sin buen empresario, sin vuestra capacidad de crear, crear trabajo, crear productos

Es importante reconocer las virtudes de los trabajadores y trabajadoras. Su necesidad −de los trabajadores y trabajadoras− es la necesidad de hacer el trabajo bien porque el trabajo hay que hacerlo bien. A veces se piensa que un trabajador trabaja bien solo porque le pagan: esa es una grave falta de estima por los trabajadores y por el trabajo, porque niega la dignidad del trabajo, que empieza precisamente por trabajar bien por dignidad, por honor. El verdadero empresario −intentaré hacer el perfil del buen empresario−, el verdadero empresario conoce a sus trabajadores, porque trabaja junto a ellos, trabaja con ellos. No olvidemos que el empresario debe ser ante todo un trabajador. Si él no tiene esa experiencia de la dignidad del trabajo, no será un buen empresario. Comparte las fatigas de los trabajadores y comparte las alegrías del trabajo, de resolver problemas juntos, de crear algo juntos. Sí y cuando debe despedir a alguno es siempre una decisión dolorosa y no lo haría, si pudiese. Ningún buen empresario quiere despedir a su gente −no, quien piense resolver el problema de su empresa despidiendo gente, no es un buen empresario, es un comerciante: hoy vende a su gente, mañana vende su propia dignidad−, se sufre siempre, y alguna vez de ese sufrimiento nacen nuevas ideas para evitar el despido. Ese es el buen empresario. Recuerdo, hace casi un año, un poco menos, en la Misa en Santa Marta de las 7 de la mañana, al salir saludo a la gente que está allí, y se me acercó un hombre. Lloraba. Dijo: “He venido a pedir una gracia: estoy al límite y tengo que declararme en quiebra. Eso significaría despedir a unos sesenta trabajadores, y no quiero, porque siento que me despido a mí mismo”. Y aquel hombre lloraba. Eso es un buen empresario. Luchaba y rezaba por su gente, porque era “suya”: “Es mi familia”. Están unidos…

El especulador no ama su empresa, no ama a sus trabajadores, sino que ve empresa y trabajadores solo como medios para sacar provecho

Una enfermedad de la economía es la progresiva transformación de los empresarios en especuladores. El empresario no puede confundirse en absoluto con el especulador: son dos tipos diversos. El empresario no debe confundirse con el especulador: el especulador es una figura semejante a la que Jesús en el Evangelio llama “mercenario”, para contraponerlo al Buen Pastor. El especulador no ama su empresa, no ama a sus trabajadores, sino que ve empresa y trabajadores solo como medios para sacar provecho. Usa la empresa y trabajadores para sacar beneficio. Despedir, cerrar, trasladar la empresa no le crea ningún problema, porque el especulador usa, instrumentaliza, “come” personas y medios para sus objetivos de provecho. Cuando la economía está movida, en cambio, por buenos empresarios, las empresas son amigas de la gente y también de los pobres. Cuando pasa por las manos de los especuladores, todo se arruina. Con el especulador, la economía pierde rostro y pierde los rostros. Es una economía sin rostros. Una economía abstracta. Tras las decisiones del especulador no hay personas y, por tanto, no se ve a las personas que se despiden o se recortan.

Hay que temer a los especuladores, no a los empresarios; no, no temer a los empresarios, porque los hay muy buenos

Cuando la economía pierde contacto con los rostros de las personas concretas, ella misma se convierte en una economía sin rostro y, por eso, en una economía despiadada.

Hay que temer a los especuladores, no a los empresarios; no, no temer a los empresarios, porque los hay muy buenos. No. Temer a los especuladores. Pero paradójicamente, alguna vez el sistema político parece animar a quien especula sobre el trabajo y no a quien invierte y cree en el trabajo. ¿Por qué? Porque crea burocracia y controles partiendo de la hipótesis de que los agentes de la economía sean especuladores, y así quien no lo es queda en desventaja y quien lo es consigue encontrar los medios para eludir los controles y alcanza sus objetivos. Se sabe que reglamentos y leyes pensados para los deshonestos acaban penalizando a los honrados. Y hoy hay tantos verdaderos empresarios, empresarios honrados que quieren a sus trabajadores, que aman la empresa, que trabajan junto a ellos para sacar adelante la empresa, y estos son los más desventajados por esas políticas que favorecen a los especuladores. Pero los empresarios honrados y virtuosos salen adelante, al final, a pesar de todo. Me gusta citar a este propósito una bella frase de Luigi Einaudi, economista y presidente de la República Italiana. Escribía: “Millares, millones de individuos trabajan, producen y ahorran a pesar de todo lo que podamos inventar para molestarlos, obstaculizarlos, desanimarlos. Es la vocación natural la que les empuja, no solo la sed de ganancia. El gusto, el orgullo de ver la propia empresa prosperar, adquirir crédito, inspirar confianza a clientes cada vez más vastos, ampliar sus instalaciones constituyen un resorte de progreso tan potente como la ganancia. Si no fuese así, no se explicaría cómo hay empresarios que en su propia industria prodigan todas sus energías e invierten todo su capital para sacar a menudo ganancias mucho más modestas que las que podrían segura y cómodamente obtener por otros medios”. Tienen esa mística del amor…

Le agradezco lo que ha dicho, porque usted es un representante de esos empresarios. Estad atentos vosotros, empresarios, y también vosotros, trabajadores: estad atentos a los especuladores. Y también a las reglas y a las leyes que acaban favoreciendo a los especuladores y no a los verdaderos empresarios. Y al final dejan a la gente sin trabajo. Gracias.

Foto: L´Osservatore Romano.

2. Micaela, representante sindical

Hoy se habla de industria nuevamente gracias a la cuarta revolución industrial o industria 4.0. Bien: el mundo del trabajo está dispuesto a aceptar nuevos desafíos productivos que traigan bienestar. Nuestra preocupación es que esta nueva frontera tecnológica y el remonte económico y productivo que, antes o después, vendrá, no traigan consigo nueva ocupación de calidad, sino que más bien contribuyan a incrementar precariedad y malestar social. Hoy la verdadera revolución, en cambio, sería precisamente la de transformar la palabra “trabajo” en una forma concreta de inserción social.

Me viene a la cabeza responder, de entrada, con un juego de palabras. Tú has acabado con la palabra “inserción social”, y me viene el “chantaje social[2]”. Lo que voy a contar ahora es algo real, que pasó en Italia hace un año. Había una cola de gente en paro para encontrar trabajo, un trabajo interesante, de oficina. La chica que me lo contó −una chica instruida, hablaba varias lenguas, que era importante para ese puesto− y le dijeron: “Sí, puede ir…; serán 10-11 horas al día…” −“¡Sí, sí!” −dijo ella en seguida, porque necesitaba ese trabajo−. “Y se empieza con −creo que le dijeron, no quiero equivocarme, pero no más− 800 euros al mes”. Y ella dijo: −Pero… 800 solo? ¿11 horas?”. Y el señor −el especulador, no era empresario, el empleado del especulador− le dijo: “Señorita, mire detrás de usted la cola: si no le gusta, váyase”. ¡Eso no es riscatto sino ricatto! (¡Eso no es inserción sino chantaje!).

Y ahora diré lo que tenía escrito, pero la última palabra tuya me ha inspirado ese recuerdo. El trabajo en negro. Otra persona me contó que tiene trabajo, pero de septiembre a junio: la despiden en junio, y la vuelven a contratar en octubre o septiembre. Y así se juega… El trabajo en negro.

He aceptado la propuesta de tener este encuentro hoy, en un lugar de trabajo y de trabajadores, porque también estos son lugares del pueblo de Dios

He aceptado la propuesta de tener este encuentro hoy, en un lugar de trabajo y de trabajadores, porque también estos son lugares del pueblo de Dios. Los diálogos en los lugares de trabajo no son menos importantes que los diálogos que hagamos en las parroquias o en las solemnes salas de convenciones, porque los lugares de la Iglesia son los lugares de la vida y, por tanto, también las plazas y las fábricas. Porque alguno puede decir: “¿Pero este cura qué viene a decirnos? ¡Que se vaya a su parroquia!”. No, el mundo del trabajo es el mundo del pueblo de Dios: somos todos Iglesia, todos pueblo de Dios. Muchos de los encuentros entre Dios y los hombres, de los que nos hablan la Biblia y los Evangelios, sucedieron mientras las personas trabajaban: Moisés oye la voz de Dios que lo llama y le revela su nombre mientras apacentaba el rebaño del suegro; los primeros discípulos de Jesús eran pescadores y son llamados por Él mientras trabajaban a la orilla del lago. Es muy cierto lo que Él dice: la falta de trabajo es mucho más que el mero agotarse de una fuente de ingresos para poder vivir. El trabajo es también eso, pero es mucho, mucho más. Trabajando somos más persona, nuestra humanidad florece, los jóvenes se vuelven adultos solo trabajando.

La Doctrina Social de la Iglesia siempre ha visto el trabajo humano como participación en la creación que continua cada día, también gracias a las manos, a la mente y al corazón de los trabajadores

La Doctrina Social de la Iglesia siempre ha visto el trabajo humano como participación en la creación que continua cada día, también gracias a las manos, a la mente y al corazón de los trabajadores. En la tierra hay pocas alegrías más grandes que las que se experimentan trabajando, como hay pocos dolores más grandes que los dolores del trabajo, cuando el trabajo explota, aplasta, humilla, mata. El trabajo puede hacer mucho mal porque puede hacer mucho bien.

«Los hombres y las mujeres se nutren del trabajo: con el trabajo son “ungidos de dignidad”». Foto: L´Osservatore Romano.

El trabajo es amigo del hombre y el hombre es amigo del trabajo, y por eso no es fácil reconocerlo como enemigo, porque se presenta como una persona de casa, incluso cuando nos golpea y nos hiere. Los hombres y las mujeres se nutren del trabajo: con el trabajo son “ungidos de dignidad”. Por esta razón, en torno al trabajo se edifica todo el pacto social. Ese es el núcleo del problema. Porque cuando no se trabaja, o se trabaja mal, se trabaja poco o se trabaja demasiado, es la democracia la que entra en crisis, es todo el pacto social. Es también ese el sentido del artículo 1 de la Constitución italiana, que es muy bonito: “Italia es una república democrática, fundada en el trabajo”. Según esto, podemos decir que quitar el trabajo a la gente o explotar a la gente con trabajo indigno o mal pagado o como sea, es anticonstitucional. Si no estuviese fundada en el trabajo, la República italiana no sería una democracia, porque el puesto de trabajo lo ocupan y siempre lo han ocupado privilegios, castas, rentas.

Cuando no se trabaja, o se trabaja mal, se trabaja poco o se trabaja demasiado, es la democracia la que entra en crisis, es todo el pacto social

Así pues, hay que mirar sin miedo, pero con responsabilidad, las transformaciones tecnológicas de la economía y de la vida y no resignarse a la ideología que está tomando fuerza en todas partes, que imagina un mundo donde solo la mitad o quizá dos tercios de los trabajadores tendrán trabajo, y los demás serán mantenidos por la seguridad social. ¡Debe quedar claro que el verdadero objetivo a alcanzar no es el “cheque para todos”, sino el “trabajo para todos”! Porque sin trabajo, sin trabajo para todos no habrá dignidad para todos. El trabajo de hoy y de mañana será distinto, quizá muy diferente −pensemos en la revolución industrial, fue un cambio; también aquí habrá una revolución−, será diverso del trabajo de ayer, pero tendrá que ser trabajo, no pensión, no pensionistas: trabajo. Se jubila a la edad justa, es un acto de justicia; pero es contra la dignidad de las personas mandarlas a la jubilación con 35 o 40 años, darles un cheque del Estado, y ¡apáñatelas! “Pero, ¿tengo para comer?” Sí. “¿Tengo para sacar adelante mi familia, con ese cheque?” Sí. “¿Tengo dignidad?” ¡No! ¿Por qué? Porque no tengo trabajo. El trabajo de hoy será distinto. Sin trabajo se puede sobrevivir; pero para vivir hace falta el trabajo. La elección es entre sobrevivir y vivir. Y hace falta trabajo para todos. Para los jóvenes… ¿Sabéis el porcentaje de jóvenes de menos de 25 años, desempleados, que hay en Italia? Yo no lo diré: buscad las estadísticas. Y eso es una hipoteca sobre el futuro. Porque esos jóvenes crecen sin dignidad, porque no son “ungidos” por el trabajo que es lo que da la dignidad. Pero el meollo es este: un cheque estatal, mensual que te saque adelante una familia no resuelve el problema. El problema se resuelve con trabajo para todos. Creo haber respondido, más o menos.

«El trabajo de hoy será distinto. Sin trabajo se puede sobrevivir; pero para vivir hace falta el trabajo». Foto: L´Osservatore Romano.

3. Un trabajador que realiza un plan de formación promovido por los Capellanes

No raramente en los ambientes de trabajo prevalecen la competencia, la carrera, los aspectos económicos, cuando el trabajo es una ocasión privilegiada de testimonio y anuncio del Evangelio, vivido con actitudes de fraternidad, colaboración y solidaridad. Pedimos a Vuestra Santidad algunos consejos para caminar mejor hacia esos ideales.

Los valores del trabajo están cambiando muy rápidamente, y muchos de esos nuevos valores de la gran empresa y la gran finanza son valores que no están en línea con la dimensión humana, y por tanto con el humanismo cristiano. El acento en la competencia dentro de la empresa, además de ser un error antropológico y cristiano, es también un error económico, porque olvida que la empresa es ante todo cooperación, mutua asistencia, reciprocidad.

Hay que decir con fuerza que esa cultura competitiva entre los trabajadores dentro de la empresa es un error

Cuando una empresa crea científicamente un sistema de incentivos individuales que ponen a los trabajadores a competir entre ellos, a lo mejor a corto plazo pueda obtener alguna ventaja, pero acaba pronto por minar ese tejido de confianza que es el alma de toda organización. Y así, cuando llega una crisis, la empresa se viene abajo y revienta, porque ya no hay ninguna cuerda que la sostenga. Hay que decir con fuerza que esa cultura competitiva entre los trabajadores dentro de la empresa es un error, y por tanto una visión que debe cambiarse si queremos el bien de la empresa, de los trabajadores y de la economía.

Otro valor que en realidad es un antivalor es la tan aclamada “meritocracia”. La meritocracia fascina mucho porque usa una palabra bonita: el “mérito”; pero como la instrumentaliza y la usa de modo ideológico, la desnaturaliza y pervierte. La meritocracia, más allá de la buena fe de tantos que la invocan, está volviéndose una legitimación ética de la desigualdad. El nuevo capitalismo a través de la meritocracia de una veste moral a la desigualdad, porque interpreta los talentos de las personas no como un don: el talento no es un don según esa interpretación: es un mérito, determinando un sistema de ventajas y desventajas cumulativas. Así, si dos niños al nacer son distintos por sus talentos u oportunidades sociales y económicas, el mundo económico leerá los diversos talentos como mérito, y los remunerará de modo diferente. Y así, cuando esos dos niños se jubilen, la desigualdad entre ellos se multiplicará.

El pobre es considerado un desmerecedor y por tanto un culpable. Y si la pobreza es culpa del pobre, los ricos quedan exonerados de hacer nada

Una segunda consecuencia de la llamada “meritocracia” es el cambio de la cultura de la pobreza. El pobre es considerado un desmerecedor y por tanto un culpable. Y si la pobreza es culpa del pobre, los ricos quedan exonerados de hacer nada. Esa es la vieja lógica de los amigos de Job, que querían convencerlo de que fuera culpable de su desgracia. Pero esa no es la lógica del Evangelio, no es la lógica de la vida: la meritocracia en el Evangelio la hallamos en cambio en la figura del hermano mayor en la parábola del hijo pródigo. Él desprecia al hermano menor y piensa que debe seguir siendo un fracasado porque se lo merece; en cambio, el padre piensa que ningún hijo se merece las algarrobas de los cerdos.

«La empresa es ante todo cooperación, mutua asistencia, reciprocidad». Foto: L´Osservatore Romano.

4. Victoria, desempleada

Los desempleados sentimos a las Instituciones no solo lejanas sino como madrastras, preocupadas más en un asistencialismo pasivo que en crear condiciones que favorezcan el trabajo. Nos conforta el calor humano con que la Iglesia nos es cercana y la acogida que cada uno encuentra en la casa de los Capellanes. Santidad, ¿dónde podemos hallar la fuerza para creer siempre y no darnos por vencidos a pesar de todo esto?

¡Eso es así! Quien pierde el trabajo y no logra encontrar otro buen trabajo, siente que pierde la dignidad, como pierde la dignidad quien se ve obligado por necesidad a aceptar trabajos malos y equivocados. No todos los trabajos son buenos: todavía hay demasiados trabajos malos y sin dignidad, en el tráfico ilegal de armas, en la pornografía, en los juegos de azar y en todas esas empresas que no respetan los derechos de los trabajadores o de la naturaleza. Como es malo el trabajo de quien es pagado mucho para que no tenga horarios, límites, confines entre trabajo y vida porque el trabajo se convierte en toda su vida.

El trabajo se vuelve “hermano trabajo” cuando junto a él hay tiempo de no-trabajo, tiempo de fiesta

Una paradoja de nuestra sociedad es la presencia de una creciente cuota de personas que querrían trabajar y no lo logran, y otros que trabajan demasiado, y querrían trabajar menos pero no lo consiguen porque han sido “comprados” por las empresas. El trabajo, en cambio, se vuelve “hermano trabajo” cuando junto a él hay tiempo de no-trabajo, tiempo de fiesta. Los esclavos no tienen tiempo libre: sin tiempo de fiesta, el trabajo vuelve a ser esclavista, aunque esté super pagado; y para poder hacer fiesta tenemos que trabajar. En las familias donde hay desempleados, nunca es verdaderamente domingo y las fiestas acaban a veces en días de tristeza porque falta el trabajo del lunes. Para celebrar la fiesta, es necesario poder celebrar el trabajo. El uno marca el tiempo y el ritmo de la otra. Van juntos.

«Una sociedad hedonista, que ve y quiere solo el consumo, no comprende el valor de la fatiga y del sudor y, por ende, no comprende el trabajo». Foto: L´Osservatore Romano.

Comparto también que el consumo es un ídolo de nuestro tiempo. Es el consumo el centro de nuestra sociedad, y por tanto el placer que el consumo promete. Grandes negocios, abiertos 24 horas al día, todos los días, nuevos “templos” que prometen la salvación, la vida eterna; cultos de puro consumo y por tanto de puro placer. Es también esa la raíz de la crisis del trabajo en nuestra sociedad: el trabajo es fatiga, sudor. La Biblia lo sabía muy bien y nos lo recuerda. Pero una sociedad hedonista, que ve y quiere solo el consumo, no comprende el valor de la fatiga y del sudor y, por ende, no comprende el trabajo. Todas las idolatrías son experiencias de puro consumo: los ídolos no trabajan.

Comparto también que el consumo es un ídolo de nuestro tiempo. Es el consumo el centro de nuestra sociedad, y por tanto el placer que el consumo promete

El trabajo es “trabajoso”: son dolores de parto para poder dar a luz luego la alegría por lo que se ha engendrado juntos. Si no hallamos una cultura que estime la fatiga y el sudor, no encontraremos una nueva relación con el trabajo y seguiremos soñando el consumo de puro placer. El trabajo es el centro de todo pacto social: no es un medio para poder consumir, no. Es el centro de todo pacto social. Entre el trabajo y el consumo hay tantas cosas, todas importantes y bonitas, que se llaman dignidad, respeto, honor, libertad, derechos, derechos de todos, de las mujeres, de los niños, de las niñas, de los ancianos… Si malvendemos el trabajo al consumo, con el trabajo pronto malvenderemos también todas esas palabras, sus hermanas: dignidad, respeto, honor, libertad. No debemos permitirlo, y debemos continuar pidiendo trabajo, generarlo, estimarlo, amarlo.

El trabajo es amigo de la oración; el trabajo está presente todos los días en la Eucaristía, cuyos dones son fruto de la tierra y del trabajo del hombre

También rezarlo: muchas de las oraciones más bonitas de nuestros padres y abuelos eran oraciones del trabajo, aprendidas y rezadas antes, después y durante el trabajo. El trabajo es amigo de la oración; el trabajo está presente todos los días en la Eucaristía, cuyos dones son fruto de la tierra y del trabajo del hombre. Un mundo que ya no conoce los valores y el valor del trabajo, no comprende tampoco la Eucaristía, la oración verdadera y humilde de las trabajadoras y trabajadores. Los campos, el mar, las fábricas siempre fueron “altares” desde los que se alzaban oraciones hermosas y puras, que Dios acogió y recogió. Oraciones dichas y rezadas por quien sabía y quería rezar, pero también oraciones dichas con las manos, con el sudor, con la fatiga del trabajo de quien no sabía rezar con la boca. Dios recibió también esas y sigue acogiéndolas hoy también.

Por eso, me gustaría terminar este diálogo con una oración: es una oración antigua, el “Veni, Sancte Spiritus”, que es también una oración del trabajo y por el trabajo.

Ven, Espíritu Santo,
manda tu luz desde el cielo.

Padre amoroso del pobre;
don, en tus dones espléndido;
luz que penetra las almas;
fuente del mayor consuelo.

Ven, dulce huésped del alma,
descanso de nuestro esfuerzo,
tregua en el duro trabajo.

Brisa en las horas de fuego,
gozo que enjuga las lágrimas y
reconforta en los duelos.

Entra hasta el fondo del alma,
divina luz, y enriquécenos.

Mira el vacío del hombre,
si tú le faltas por dentro;
mira el poder del pecado,
cuando no envías tu aliento.

Riega la tierra en sequía,
sana el corazón enfermo,
lava las manchas.

Infunde calor de vida en el hielo,
doma el espíritu indómito,
guía al que tuerce el sendero.

Reparte tus siete dones,
según la fe de tus siervos.

Por tu bondad y tu gracia,
dale al esfuerzo su mérito;
salva al que busca salvarse y
danos tu gozo eterno. Amén.

¡Gracias!

Y ahora pido al Señor que os bendiga a todos, que bendiga a todos los trabajadores, a los empresarios, a los desempleados. Que cada uno piense en los empresarios que hacen todo lo posible para dar trabajo; en los parados, en los trabajadores y trabajadoras. Y que descienda esta bendición sobre todos nosotros y sobre ellos. [Bendición] ¡Muchas gracias!